Con Cáncer y Estupenda

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Apuntes de una psicooncóloga para afrontar nuestro propio duelo

5 comentarios

El tema del post de hoy, no pega ni con cola con el titulo de este blog, lo sé. Os lo cuelo porque en mis reconfortantes charlas con Magali Dousson, mi psiconcóloga, me hizo ver lo importante que es verbalizar los sentimientos y aprender a gestionar y asimilar nuestras pérdidas. Y este aprendizaje, aunque no nos convierta en Estupendas! si contribuye a que nos sintamos en paz que también ayuda!!!
Le he pedido a Magali que nos hable sobre el duelo y ha decidido hablarnos del más sobrecogedor de todos, del NUESTRO

“Desahuciada de mi propia vida, y ¿ahora qué?

¿Qué hacer cuando ya no hay nada que hacer? ¿Cuándo los tratamientos conocidos no son efectivos? ¿Cuándo nos proponen pasar al grupo de ensayos clínicos o a cuidados paliativos?

¡Pues este es el tema que me ha tocado!
Antes de entrar en materia, y porque me parece importante, os voy a hablar un poco de mí. Soy psicooncóloga y profesora en la universidad. Llevo 10 años apasionada por esta subespecialidad, sintiendo que estoy donde la gente me necesita y pudiendo ayudar a personas que pasan por crisis vitales importantísimas. Tengo la enorme suerte de tener un trabajo que le da muchísimo sentido a mi vida y que además encaja con una filosofía de vida que cada vez siento más mía. Y pobres de mis alumnos, trato de compartir con ellos.

Con el permiso de tod@s, voy a escribir esta entrada desde los conocimientos que tengo de la enfermedad y de los procesos psicológicos que van asociados a ella, pero sin dogmatismos y sin recetas milagrosas. Os voy a contar qué es lo que creo que me pasaría a mí si, de repente, me diagnosticaran un cáncer terminal sin posibilidad de curación. Y qué es lo que intentaría hacer para poder pasar este último trance de la mejor manera posible. Creo que tenemos que rehuir de los modelos a seguir y así como de la falsa sensación que existe una solución perfecta para todo. Se trata de buscar el camino más adecuado para cada uno de nosotros en función de nuestra personalidad, nuestras necesidades personales y espirituales y del modo de vida que hayamos tenido.

Aunque cada uno lleve su camino, hay diferentes fases por las que pasamos, o deberíamos de pasar, para tener un proceso de duelo sano. Se llaman las fases de duelo de Kübler-Ross. No voy a entrar a nivel teórico en ellas sino que os las voy a describir en relación a cómo creo que las pasaría yo.

¡¡Pues allá voy!!

Creo que lo primero que haría sería llorar… Llorar, patalear, maldecir, volver a llorar, quizás utilizar algún que otro taco mal sonante, hacerme preguntas del tipo “¿Por qué a mí? Si yo siempre he tratado de ayudar a los demás…” “¿No se habrá equivocado el medicucho este?” Más o menos lo que tod@s haríamos en un caso de estos. Y sí… los psicólogos también lloramos, y menos mal porque es una respuesta muy adaptativa y necesaria. Además creo que me dejaría tiempo para poder hacerlo, lo que llamamos “tiempos basura”, es decir, me doy un tiempo para poder digerir algo que es doloroso y que forma parte de uno de los temores más antiguos que todas las civilizaciones han tenido y tendremos: la propia muerte.

Luego me dedicaría a pensar… pensar qué quiero para mí, qué quiero para mi final, cómo quiero que sea mi final… ¿Quiero seguir intentándolo con un ensayo clínico? ¿quiero cuidados paliativos? ¿Quiero fugarme a una isla desierta a tomar mojitos y bailar salsa? …Seguramente los primeros días lo de la isla con cocoteros y aguas cristalinas sería mi opción favorita… y también, como lo de llorar, es una opción más que necesaria: es lo que llamamos en psicología la negación. Cuando tenemos que afrontar una situación con una carga emocional muy alta, nuestro psiquismo necesita negar lo que se nos viene encima, más que nada para no rompernos. Lo importante es que esta negación vaya acompañada de momentos en los que SÍ somos conscientes de la realidad. Al principio momentos cortos, luego más largos para pasar a la fase en la que ya no negamos.

Una vez que la realidad está ya en nuestra mente, quizás viene la parte más difícil y es en la que nos damos cuenta de lo que vamos a perder. Nuestra vida. En mi caso estaría compuesta por mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis pacientes, mis alumnos, mis pasiones y mis planes de futuro y todo lo que se me quedaría en el tintero. Y en el tintero se quedaría toda la gente que quiero y el qué será de ellos si yo no estoy. ¿Estarán bien? ¿Sufrirán mucho?… y esto pues pupita… Mucha…

Aquí tendríamos dos opciones: o bien me quedo en esta parte de contemplación de dolor extremo (igual me permitiría un ratito aquí por eso de asimilar y no negar) o puedo intentar despedirme y dejar algo de mí a los que se quedan.

En una clase de duelo en la que estuve como alumna nos hicieron hacer un ejercicio que constaba de cinco preguntas. La que más me llamó la atención, fue que escogiéramos a cinco personas a las que quisiéramos y, qué nos gustaría dejarles en el momento de nuestra muerte. Es como una especie de testamento en vida, pero que va cargado con un simbolismo que nos facilita el irnos más en paz con nosotros mismos, sabiendo que algo nuestro se quedará con las personas que más queremos. Es una manera de seguir estando sin estar. Y esto ayuda mucho, porque da una sensación de paz y de alguna manera parece que no quedan tantas cosas en el tintero.

Os pongo un ejemplo: tengo un peluche que se llama Georges, es adorable, me lo regalo mi madre cuando era pequeña una vez que me tuvieron que hospitalizar. Le tengo muchísimo cariño y además, es de esos objetos a los que conferimos a veces un poder especial. Bueno pues Georges tiene la habilidad de tranquilizarme con solo mirarlo (¡Es el mejor psicólogo del mundo!). Si supiera que me voy a morir, me gustaría que Georges estuviera con mi madre, para acompañarla como me acompaño él a mí cuando estaba asustada en aquel hospital. Sería una manera de asegurarme que mi madre iba a estar bien, también una manera de decirla que la quiero y un vehiculo para poder hablar de lo doloroso de una despedida impuesta por la enfermedad.

En todo este proceso es más que probable que aparezca mucha ira, rabia, violencia, impulsos incontrolables. También es normal. Cómo no nos vamos a enfadar ante la injusticia de una enfermedad mortal que viene y nos deja impotentes, arrebatándonos la vida?. Aquí lo más importante quizás es que podamos dirigir estos sentimientos a los verdaderos culpables. ¿Qué cuales son? Pues no lo sé, pero lo que sí sé, es que no son nuestros amigos, parejas, el enfermero que no atina con la vía, el vecino que hace ruido y una larga lista de personas con las que en un momento dado, por el dolor que sentimos, pueden ser dianas para nuestra impotencia y frustración. La culpable, la única culpable es la enfermedad, y lo doloroso es que no le podemos cantar las cuarenta, ¿o sí?

La búsqueda de culpables nos hará tener conversaciones metafísicas o por lo menos reflexiones espirituales, donde nos preguntaremos ¿Por qué a mí? Donde podemos intentar negociar con un Dios o con la naturaleza, el azar o lo que sea, que nos dé unos meses más, que por lo menos lleguemos hasta el bautizo, boda o evento, fecha que sea importante para nosotros.

Todas estas fases no son estáticas, podemos empezar por cualquiera y pasar de una a otra hasta poder superarlas. Sin embargo la última siempre es la aceptación. El saber que nos vamos a morir y poder prepararnos. ¿Cómo saber que estamos en esta fase? Si nos hemos despedido, si hemos podido decidir aspectos como dónde queremos morir (en casa o en el hospital), cómo queremos morir (con sedación o sin ella) y con quién queremos morir (familiares, pareja, amigos o solos) seguramente estemos en la fase de aceptación. Ojo, esto no quiere decir que no estemos tristes, es un proceso doloroso y complicado, pero el poder decidir sobre todos estos aspectos y facilitarles a los que se quedan determinadas toma de decisiones (entierro o incineración…) es un predictor de que estamos haciendo bien las cosas. No puedo controlar que me voy a morir pero sí el cómo me quiero morir. Esto nos proporciona un control que alivia la impotencia y la frustración.

Por último, me gustaría deciros lo importante que es buscar ayuda si no nos vemos capaces de gestionar esto solos. No tenemos porque hacernos los valientes y es más que razonable el querer recurrir a alguien que nos pueda orientar en un momento como este.

Para despedirme, me gustaría hacerlo con el poema que se recitaba Nelson Mandela en la cárcel, que habla de cuando ya estamos en esa aceptación, cuando nos sentimos liberados y en paz para poder morir tranquilos. Dice así…

Más allá de la noche que me envuelve,
negra como el abismo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En la cruel garra de la circunstancia
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
Y aún la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino
ni cuántos castigos lleve a la espalda.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.​

​”Invictus” William Ernest Henley (1849-1903)

Así me gustaría morir, pudiendo sentir en el último minuto, que me he despedido, que estoy en el lugar donde quiero estar, con la gente con la que quiero estar, siendo el amo de mi destino y el capitán de mi alma.”

Impresionante Magali! Mil gracias!
Ojalá todas seamos capaces de llevarlo a cabo y ojalá todo el mundo pudiera decir como tú que su trabajo DA SENTIDO A SU VIDA…Yo me lo pongo como meta!

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5 pensamientos en “Apuntes de una psicooncóloga para afrontar nuestro propio duelo

  1. Gracias María por todo lo que nos aportas y comunicas personalmente o a través de otros. Hace mucho que no digo nada…., pero de verdad que no hay nada que añadir. Muchísimas gracias
    Un fuerte abrazo
    Concha

  2. Pingback: El boletín del pensamiento « SdeSalud

  3. Uffff, me ha encantado María, me ha encantado…

  4. Gracias María, una ayuda enorme en estos momentos, un beso